La furia por el coronavirus y sus consecuencias ha provocado un padecimiento mental de alcance global

En la era del conflicto

La furia por el coronavirus y sus consecuencias evidentemente ha provocado un padecimiento mental de alcance global. Toda locura se ha vuelto ahora aceptable, con la condición de que esta diga ser de “izquierda”, es decir, antifascista, antirracista, anticapitalista, etc. Quien quiera mantenerla a distancia será silenciado. A esto se le ha llamado “cancelar cultura”. Si bien los altavoces todavía retumban sobre la corrección política de la variedad, la diversidad y el multiculturalismo, vivimos, de hecho, en un período radicalmente antiliberal que ya no permite discusiones. Alemania se ha vuelto incapaz de debatir: este es el resultado de la moralización fanática de todas las cuestiones de la vida.

Los sentimientos y las convicciones reemplazan a los argumentos. Esto es particularmente problemático para los departamentos de humanidades de las universidades, que se han convertido en invernaderos de lo poco mundano. Pero también es un desastre para el periodismo. En el pasado, los profesionales de los medios se defendieron de la acusación de no distinguir entre información y opinión. Hoy es la orgullosa autocomprensión, especialmente entre los jóvenes defensores del “periodismo de convicción”. A veces también llamado “periodismo orientado a valores”, es el fin del periodismo como vehículo de iluminación. La objetividad y la neutralidad se consideran obsoletas. La propaganda para el bien se ha convertido en la orden del día.

Como en la República de Weimar, los intelectuales jóvenes y fanáticos son los responsables de esta destrucción de la razón. Nassim Nicholas Taleb ha utilizado la descripción “intelectual pero idiota”: puedes tener educación universitaria, y aun carecer de juicio político o incluso, simplemente, de sentido común. El libro de Alexander Kissler, The Infantile Society, menciona el problema central. Hoy no hay nada más difícil que convertirse en adulto: esto sucedió una vez junto con la fundación de una familia y las responsabilidades asociadas.

En cambio, los niños están en el poder, y no solo como escolares juguetones, también en forma de perpetradores infantiles de violencia. Los talibanes están entre nosotros. Los izquierdistas militantes pueden tener dificultades para invocar a Marx, pero heredan el legado de Bakunin: el lumpenproletariado idealizado de bohemios incivilizados y resentidos. Los celos del éxito y la intolerancia hacia otras opiniones son sus características clave. Y su visión es la guerra civil.

El puritanismo y el jacobinismo están resucitando. Hay una oposición maniquea del bien contra el mal, la gente de color contra los blancos, los humanos contra los inhumanos. Pero esto no es una politización de nuestras condiciones de vida; es su neurosis. La palabra clave estadounidense es “despertar”: hipersensibilidad cultivada, histeria como sustituto de la política. No basta con estilizarse a sí mismo como víctima, hay que actuar como un “ordeñador de conciencia”, para usar el término de Ernst Jünger. La tarea más importante de una nueva Ilustración es encontrar una vacuna contra este hipermoralismo.

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